En apenas 12 meses, el Gobierno de Starmer ha pasado de la ilusión a la erosión
Hace poco más de un año, el partido laborista británico logró una victoria incontestable, con mayoría absoluta, en las elecciones generales. Fue un batacazo histórico para los conservadores y, se suponía, el comienzo de una nueva era para los dirigidos por Keir Starmer. Un año después, poco queda de eso. El primer ministro es considerado el más impopular en la historia reciente del Reino Unido y las encuestas le empiezan a dar la espalda.
En este sentido, la gestión de la inmigración se ha transformado en el talón de Aquiles del Ejecutivo. Nada más llegar al poder, el asesinato de tres niños en Southport, rodeado de rumores falsos sobre el origen del atacante, desató una ola de protestas antiinmigración que se extendió por todo el país. Las contramanifestaciones y los choques con la policía terminaron con centenares de detenidos y una sensación de inestabilidad que no se ha disipado con el paso de los meses. De hecho, cada nuevo incidente —un atropello en Liverpool, la publicación de cifras sobre solicitantes de asilo en hoteles, o la cascada de demandas judiciales de los ayuntamientos contra esos alojamientos— ha alimentado la percepción de que el Gobierno no controla la situación.
Ese clima ha abierto un espacio político inesperado. Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage, ha conseguido canalizar el malestar y convertirlo en intención de voto. Lo que hace un año parecía un actor secundario se ha convertido en la fuerza que marca el ritmo de la política británica. La última encuesta de YouGov dibuja un país que se reconfigura a gran velocidad. Los laboristas están perdiendo apoyos en casi todos los grupos sociales, los conservadores siguen hundidos, y Reform capitaliza el descontento con un discurso basado en deportaciones masivas, el abandono de la Convención Europea de Derechos Humanos y un «cierre de fronteras» que conecta con una parte amplia de la población.
El cambio más llamativo se da en la división por clase social. Reform UK lidera con claridad entre los británicos de hogares obreros, donde alcanza un 35 % de intención de voto, 16 puntos por delante de los laboristas. Es un vuelco histórico, ya que, durante décadas, el partido del trabajador fue el laborista, pero ahora Farage se presenta como el portavoz de esa base social.
La brecha también se percibe en los ingresos. Reform convence sobre todo a los hogares con menos recursos (32 % entre los que ganan menos de 20.000 libras anuales), mientras que el laborismo resiste mejor en las rentas altas urbanas (31 % entre los que superan las 70.000 libras).
La fractura por edades refuerza la polarización. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el partido de Starmer lidera con un 33 % y los Verdes con un 27 %, mientras Reform apenas llega al 7 %. En cambio, entre los mayores de 60 años, Reform arrasa con cifras cercanas al 40 %, muy por delante de laboristas y conservadores.
El nivel educativo también marca diferencias profundas. Entre quienes solo tienen la Educación Secundaria, Reform UK logra un 43 %, frente a un 15 % de los laboristas. En el otro extremo, entre graduados universitarios, los actuales gobernantes escalan al 32 % y Reform cae al 13 %.
En cuestión de género, Reform atrae a más hombres que mujeres, mientras que Labour mantiene un perfil más equilibrado. Sin embargo, el desgaste laborista ha sido especialmente fuerte entre las mujeres, un dato que preocupa en Downing Street.
El referéndum de 2016 sigue siendo una línea de fractura central. Entre los votantes del Leave, Reform logra un 51 %, el doble que los conservadores (25 %) y muy por encima de los laboristas (9 %). Entre los remainers, en cambio, el laborismo lidera con un 35 %, seguido por liberal-demócratas y verdes.
El otro gran bastión de Farage son los jubilados, con un 36 % de apoyo, Reform se impone en este grupo demográfico clave, seguido de los conservadores con un 28 %.
Sea como fuere, todos estos datos muestran que, en apenas 12 meses, el Gobierno de Starmer ha pasado de la ilusión a la erosión. El nuevo estallido de protestas de este pasado fin de semana es tan solo la prueba visible de que el poder desgasta y consume. Y que los laboristas, que todavía tienen cuatro años más de legislatura, se podrían tener que hacer preguntas incómodas si el descontento en las calles sigue capitalizando y las encuestas le dan la espalda.
Fuente de la noticia: El Debate



